TRÊS POEMAS HÚNGAROS (2)

caçar não sei e já confesso:
fraquejo de arco em punho
sou mão de lenta lança
recolho só à flor da erva
o fruto de baga rubra
ossadas de musgo e ouro
galhos para uma fogueira

nas cercanias de szatta
que é nome de nítida aldeia
tanto achado como perdido
nos desvios do bosque escuro
onde testei a resistência
de pau lançado a tronco
e peito à fúria dos dias

 

Nota: o primeiro poema desta série pode ser encontrado aqui.

El asco

“En la creciente oscuridad, Emma lloró hasta el fin de aquel día el suicidio de Manuel Maier, que en los antiguos días felices fue Emanuel Zunz.”
- Jorge Luis Borges, Enma Zunz
 

Las náuseas comenzaron en cuanto el hombre se le acercó. Los esfuerzos por aparentar normalidad, como si aquello lo hiciera todos los días, le revolvieron el estómago. Enseguida se arrepintió de su mala elección porque, nada más acercarse, el olor a tabaco y a ron le pareció nauseabundo. Debió elegir al muchacho joven que la miró con asombró cuando ella se le insinuó. No lo hizo porque se imaginó que aquellos ojos y el aspecto desvalido no encajarían con sus propósitos. Ahora lo lamentaba en parte, aunque enseguida apartó sus pensamientos cuando recordó el motivo que la había llevado hasta allí. Las náuseas eran reales y temía vomitar en la calle, o peor aún, en la pensión y suponía el olor que dejaría en la ya de por sí poco grata habitación que había alquilado una hora antes. Se mordía los labios como si con ese gesto pudiera contener el vómito. Además aquel hombrecillo repugnante, al que minutos antes había provocado para que se fijara en ella, murmuraba en un lenguaje soez que apenas podía imaginar que existiera.

Pero ya todo estaba en marcha, aguantaría las arcadas y llevaría el plan a término. Era un pequeño sacrificio comparado con el gran sacrificio. Era necesario que después todos la creyesen, por eso era importante el asco, el odio, la repugnancia, incluso las náuseas; sería tan real cuando ella contase su verdad que nadie pondría en duda su palabra.

Los hombres en general, excepto su padre, le inspiraban una especie de temor y asco a partes iguales. A pesar de la precocidad de sus compañeras en la fábrica y de sus propias amigas, ella a los diecinueve años continuaba siendo virgen, ni siquiera se había besado en los labios con algún muchacho. Sus amigas cuando hablaban de sus novios o sobre relaciones, nunca se molestaban en preguntar a Emma ni esperaban que ella dijese nada: nada podía contar sobre temas de esa índole, su desconocimiento unido a su desinterés la convertían en la persona más aburrida y anodina en cualquier asunto relacionado con el sexo masculino.

Cuando se encontró en el minúsculo espacio de la habitación con el hombre que ella misma había elegido, las náuseas dieron paso al vértigo. La habitación comenzó a dar vueltas. El hombre ya había empezado a desabrocharse el cinturón. Entonces Emma recordó algunas de las historias que había oído contar sobre prostitutas y venciendo la vergüenza le señaló al hombre la mesa sobre la que descansaba una palangana y una toalla. El hombre soltó una risotada que retumbó en toda la habitación y que a Emma le pareció que debió oírse al otro lado de la calle.

- Claro, claro, tengo que lavarme primero, cómo no, ¿no quieres lavarme tú?, para asegurarte de que lo hago bien –según habló, el hombre fue sujetándose los pantalones ya desabrochados, y cuando estuvo frente a la mesa se colocó dando la espalda a Emma, que sólo escuchó el chapoteo breve del agua. Al volverse hacia ella, pudo contemplar por primera vez y con horror aquello de lo que había oído contar tantas historias. Lo que pasó en la habitación los siguientes diez minutos quedó guardado en su memoria durante días.

El hombre dejó el dinero sobre la mesilla de noche y en cuanto hubo cerrado la puerta, Emma se incorporó y en un arrebato de soberbia rompió los billetes sin mirarlos. A continuación se vistió y salió a la calle. El plan seguía su curso. Su padre merecía este sacrificio, su muerte sería castigada y ella era la que iba a impartir justicia.

Llegó puntual a su cita. L. ya la esperaba, ansioso por conocer la información que la joven trabajadora se había prestado a facilitar. Cuando Emma estuvo frente a él,  el asco infinito que sentía por lo que acababa de sucederle la ayudó a sujetar el arma y descargar dos balas sobre el hombre que había causado la desgracia y posterior muerte de su padre.

Tal y como había supuesto, todos la creyeron. Su rabia, su dolor, su repugnancia, su vergüenza, todos los sentimientos fueron reales cuando contó que el gerente de la fábrica la había citado con cualquier excusa para abusar de ella y violarla, con una diferencia en la identidad y en la hora, imperceptible para todos excepto para Emma.

Los Bancos

Hay diferente tipos de bancos porque hay diferentes tipos de personas aunque, en algunas ocasiones, personas  diferentes acaban por sentarse en los mismos bancos.

Este es el caso de hoy. Estoy sentada en un banco de la plaza de St. Pieters Station y un sonido de agua retumba en mis oídos con intensidad de tormenta.

Nos alejamos, como este sonido, de los propósitos iniciales y es que los mismos bancos acaban por apoderase de los distintos tipos de personas.

Enfrente de mi banco hay un grupo de mendigos mientras una golondrina sobrevuela el sonido de mi tormenta. Mis pensamientos se dividen en dos, pájaros y mendigos. Siento lástima por no tener a mi lado ningún compañero de butaca que me explique cómo se han desarrollado las escenas que van más allá de mis bancos. Soy pensamiento paralelo de golondrina y mendigo.

Son las 16:45. Me adentro en St. Pieters Station. El andén y los pequeños detalles que le circundan. El tren se acerca humeante. Brugge, andén 12.

Los tejados sobresalen tras los muros de la estación, son de hojalata y parecen reflejar las nubes plateadas que como vapor se elevan hoy en este cielo belga. Un gato maulla. Sonrío. Esta tarde el sol luce inexplicable para que todo aquello que se atreva a ser mirada sea transformado en luz.