Vindicación de la poesía (y de tantas otras cosas)

 Fotografia da autoria de César Rina

Fotografia da autoria de César Rina

 

Recuerda que tú existes tan sólo en este libro, 
agradece tu vida a mis fantasmas,

Luis García Montero

Las siguientes reflexiones no me pertenecen. Como todo en esta vida son producto de notas y lecturas, de experiencias y conversaciones. Lo importante de las ideas no son su autoría, sino la movilidad que alcancen y el poso que transmitan. Aprendí lo siguiente de Rilke, Margarit, unos cuantos poemarios subrayados y las lecciones de Luis García Montero.

Creo en la utilidad de la poesía como acto de contestación ante un mundo que no espera. No sólo se trata de un empeño por la belleza. Implica un grado de rebeldía en el momento en que los versos se comprometen con las personas, con sus inquietudes y sus anhelos. Además, la belleza –entendida como perfección- necesita de un tiempo que nuestras calles adolecen. Implica tomarnos en serio, detener el reloj y profundizarnos. Esa búsqueda no es fructífera en las rebajas de los centros comerciales ni en los encuentros de idolatría. Precisan de una intimidad, de una soledad que por sí sola es revolucionaria. Es decir, la poesía como aprendizaje y como terapia. Hemos colmado nuestro espacio de objetos vacíos. Planes y redes que tienen como principal objetivo alejarnos de la soledad, apagar las voces interiores y escondernos de nosotros mismos.
            
Los poemas requieren un arduo proceso de escritura y una especial sensibilidad en la lectura. Para entenderlos hay que esforzarse palabra maldita en la ética del consumismo sin espera. No permite la relajación de los sentidos. Por eso los best sellers colman las estanterías. Uno puede leerlos sin prestar demasiada atención. Renuncian al detalle en aras de la velocidad.

Tampoco son buenos tiempos para los artesanos. La dedicación, la filigrana, han perdido su sentido en nuestro mundo homogéneo. Creo en la victoria de las creaciones lentas y ahí, la poesía, se erige como baluarte de la lentitud. Inventamos la civilización para ganar tiempo. Todos los progresos técnicos nos han permitido ahorrar horas y sin embargo, no conozco a nadie con demasiado tiempo libre. Cuantos más minutos nos regala la ciencia, más tiempo necesitamos en el trabajo o en los transportes.

 La lectura de un poema implica la renuncia del reloj para conseguir un espacio propio, atemporal, de silencio y reflexión. La interpretación viene precedida de un ejercicio e introspección, personal, en el que el abanico de experiencias del lector busca sentido a los versos. Se trata de intensidad. Los poemas no dan la menor tregua a la relajación, contienen la respiración desde la primera palabra. La poesía ha de ser exacta y concisa. Busca la complicidad. No describe historias imaginadas, sino que se sienta tranquilamente con el lector a tomar un café y compartir impresiones a partir de las experiencias personales. No hay mejor manera de combatir un mundo cada vez más conectado y menos relacionado. Un horizonte líquido donde las personas tienen una importancia relativa y están sujetas a los intereses y necesidades de cada momento

 Creo en los poetas porque me han hablado del misterio en un mundo que cada vez cree tener las cosas más claras. Lo incomprensible, lo oculto, es tachado de mitológico. Por estos motivos ha triunfado el consumo de ocio basado en los receptores pasivos, sin tiempo ni ganas para dudar. Los versos dejan intuir horizontes desconocidos que atraen al ser humano capaz de percibirlo. Por ello nuestra felicidad Light, la de las respuestas claras y las sesiones de psiconálisis, ha fabricado una imagen negativa del misterio.

Para escribir poemas se precisan tres elementos claves que me permiten, en la mayoría de los casos, confiar en el emisor. En primer lugar, es necesario vivir intensamente, sentir sin barreras, creer en la importancia de las sensaciones. También se acompaña de un profundo conocimiento de sí mismo, sin más compañía que las voces recriminatorias del silencio. Sólo pueden hacer poesía aquellos que han aprendido a escucharse. Por último, el poeta se vale de otras lecturas para encajar su concepción del mundo en la tradición literaria. Esto evidencia un trabajo previo de lectura y comprensión, sin relojes ni alarmas.

 De entrada, el lector-escritor de poesía no teme adentrarse en un mundo de sensaciones no siempre agradables. Los poemas son siempre el fiel reflejo de lo que uno ha vivido, pensado o entendido. Están íntimamente ligados al amor. Pueden compararse a las cajas negras de los aviones, almacenando todas las experiencias en un pequeño frasco.

 La poesía surge del proceso por el cual una persona profundiza en sí mismo en busca de las palabras clave que transmitan una sensación. Representa palabras sin rostro, un refugio donde el poeta puede explicarse sin dar la cara.
            
Literatura es una palabra latina que significa el arte de escribir y leer. Sin embargo, poeta viene del griego poietés, es decir, el que hace o crea. Este significado no tiene relación con la escritura. La poesía es anterior al texto, ya que su esencia es primitiva. Es una forma de vida, un modelo de comprensión del mundo y del amor –aquella ciudad que uno nunca termina por conocer-. Se puede ser un gran poeta sin haber leído ni escrito nunca un verso. Las librerías están llenas de falsos poetas.

El engranaje de los versos nada tiene que ver con la preparación intelectual o el sistema educativo. Van de lo particular a lo universal. Aluden a sensaciones que sienten por igual todos los seres humanos, independientemente de cuestiones sociales, culturales o económicas. Son más profundos que todos los métodos y teorías. De esta manera la poesía se concibe como un modo de vida más que como un oficio reglado, por más que los malos y ególatras lo nieguen. Mi abuelo, pastor de cabras en las Hurdes de posguerra, analfabeto, recitaba coplillas sin el ánimo de ser escuchado o aplaudido. Sus pareados emergían de las horas de soledad en el monte, y las palabras sólo pretendían ayudarle a conocerse.

Creo en la poesía porque renuncia a la originalidad. Sólo hay novedades en las formas porque el mensaje, como ya hemos mencionado, ataca a los instintos primitivios, obviando su racionalidad. Trabaja con matices para desentrañar problemas que nos afectan a todos. No se trata de una escritura en vertical. Hace referencia al tratamiento personal del mundo con la lengua. La verdad en poesía no es una cuestión de principios, sino de logros. El poema debe ser convincente, capaz de llegar al mayor número de personas posible para construir, entre el lector y el verso, una concepción común.

Creo en la poesía porque siempre es justa. Todos los versos que transforman la percepción del mundo del receptor son buenos. No hay favoritismos ni contratos editoriales. La poesía no se nutre de dinero ni de halagos. Se convierte en realidad en el mismo momento de ser pronunciada. El poeta no habla de lo quiere, sino de lo que necesita decir. Utiliza los versos como válvula de escape, lo que le permite conocerse a sí mismo y navegar con brújula por la memoria.

Creo en los poemas que toman una instantánea perfecta con palabras, en los que fotografían un sin fin de sensaciones, experiencias, sentimientos e intuiciones. El poeta construye un edificio perfecto en la que cada columna es vital para sustentarlo. Pero además, le sirve de comunión íntima, con todo el sentido litúrgico que se quiera. De la nada, como un demiurgo, modela el barro y da vida a lo inerte. Una construcción donde el juego y el azar eligen en cada circunstancia las palabras adecuadas. Esto significa que cada poema tiene su propia dirección, existe antes de ser nombrado y sus caminos son incontrolables.

Por último, defiendo la poesía porque revaloriza los sentimientos en unos tiempos malos para el amor. Los poemas permanecen, anclan las sensaciones en un para siempre que nuestra sociedad líquida no está dispuesta a aceptar. Sometidos al consumo objetos obsoletamente programados, tememos las sensaciones, los esfuerzos y los compromisos que puedan hacernos perder tiempo y dinero.